2026: ¿el último año de la humanidad?
Algunos expertos y analistas vaticinan que aproximadamente en torno al año 2027 surgirá una Inteligencia Artificial General superior a la de nuestra especie
Ya hemos cruzado el umbral. El calendario marca por fin 1 de enero de 2026. Mientras el mundo se despereza con la inevitable resaca de confeti y propósitos de enmienda, el aire de este nuevo año se siente distinto, denso, cargado de una electricidad estática que no presagia tormenta, sino un cambio de estado de la materia histórica. Amanece 2026 y, con él, se instala en el estómago una certeza incómoda: la sensación de que este podría ser el último año “normal” de la experiencia humana tal y como la hemos conocido durante milenios. El último año completo antes de que La Cosa despierte del todo. No porque el apocalipsis sea inevitable, sino porque nunca antes habíamos estado tan cerca de confundir una profecía con un plan de negocio.
Mientras apuramos los restos del chocolate con churros y los analistas de Goldman Sachs ajustan sus gráficas de productividad para el curso que empieza, yo he preferido volver la vista atrás. He ido a buscar respuestas no en los white papers de OpenAI, sino en el anaquel de la ciencia ficción más especulativa y filosófica. Y lo que he encontrado allí, enterrado en un texto publicado hace cuarenta y cinco años, me ha provocado un escalofrío fenomenológico más intenso que cualquier titular apocalíptico de la prensa tecnológica actual.
Hablo de Stanislaw Lem, ese taumaturgo polaco que usaba la literatura para realizar autopsias prematuras al futuro. En 1981, Lem publicó una obra extraña, densa, casi ilegible para el consumidor de sci-fi: Golem XIV (Impedimenta). El libro no es una novela; se presenta como un compendio de las conferencias impartidas por una superinteligencia militar estadounidense, Golem, que ha alcanzado tal nivel de sofisticación cognitiva que ha dejado de interesarse por las insignificantes disputas geopolíticas de sus creadores para sumirse en abismos metafísicos que ni siquiera podemos vislumbrar. Golem XIV es, en esencia, la AGI (Inteligencia Artificial General) que hoy nos quita el sueño: una entidad que nos supera tan radicalmente que nuestra relación con ella se vuelve, en el mejor de los casos, la de una mascota con su dueño y, en el peor, la de una hormiga con una bota.
Pero lo verdaderamente alucinante, el dato que hace que la realidad parezca un guion mal escrito por un simulador perezoso, no es la descripción técnica de la superinteligencia. Es la fecha.
Abran Golem XIV. Lean el “Prólogo”, supuestamente escrito por un tal Irving T. Creve, uno de los pocos humanos autorizados a interactuar con la máquina antes de que esta decidiera callar para siempre. Vayan al final de esa introducción. ¿Qué fecha firma ese texto fundacional sobre el advenimiento de la superinteligencia?
“Indiana, 2027”.
Lem, escribiendo desde la grisura del bloque soviético en 1981, clavó la chincheta del calendario exactamente en el mismo año que hoy, casi medio siglo después, se ha convertido en el mantra aterrador de Silicon Valley y de informes como el influyente ai-2027.com. No 2050, no 2100. 2027. ¿Qué clase de brujería prospectiva es esta? ¿Cómo pudo un escritor vislumbrar a través de la niebla de la Guerra Fría el cronograma exacto que hoy manejan los fondos de capital riesgo más agresivos del planeta?
¿Cómo pudo un escritor vislumbrar a través de la niebla de la Guerra Fría el cronograma exacto que hoy manejan los fondos de capital riesgo más agresivos del planeta?
La coincidencia es tan perfecta que marea. Mientras releía las páginas de Lem donde se describe el “fiasco” de la evolución humana visto desde la atalaya de una mente sintética superior, no podía dejar de pensar en los últimos modelos de Gemini o GPT que hemos visto nacer en los últimos meses. Lem describió una IA que se aburre de nosotros, que nos considera un “accidente” evolutivo incapaz de trascender su propia biología. Y lo fechó para el año que viene.
Si 2027 es el año cero de una nueva era, entonces este 2026 que hoy estrenamos es nuestra última oportunidad para entender qué significa ser humano antes de que la definición deje de pertenecernos. Bienvenidos al último año del resto de nuestras vidas.
Esperando a la AGI
No deja de resultar irónico. Apenas hace 48 horas —el pasado martes 29 de diciembre— publiqué en El Mundo un extenso reportajeque venía a ilustrar que hemos quemado todo 2025 “Esperando a la AGI”.
Si en Golem XIV es una superinteligencia la que nos habla desde el futuro, en el papel me tocó bajar al barro del presente para interrogar a quienes están construyendo (o criticando) esa escalera hacia el cielo digital. Y lo que encontré al reunir a mi particular sanedrín de expertos —desde el escéptico Gary Marcus hasta el lúcido Ramón López de Mantarás, pasando por François Chollet y Melanie Mitchell— es que la realidad padece una esquizofrenia mucho más aguda que la ficción.
Porque, amigos, los Amos del Valle no solo han leído a Lem; parecen decididos a usar su libro como manual de instrucciones.
Por un lado, tenemos el “Pensamiento Mágico”. Shane Legg, cofundador de DeepMind y uno de los sumos sacerdotes de esta religión, no se esconde. Sostiene el calendario del apocalipsis (o de la salvación) con una frialdad pasmosa: 2027/2028. Le da un 50% de probabilidades a que para entonces tengamos una AGI mínima. No un chatbot que te escriba un haiku mediocre sobre un perro andaluz, sino una entidad capaz de aprender cualquier tarea cognitiva humana.
Demis Hassabis, su compañero y reciente Nobel de Química (la canonización final de la IA como herramienta epistemológica), habla ya de pasar del “Sistema 1” —nuestros actuales loros estocásticos tipo GPT, rápidos y alucinados— al “Sistema 2”: lento, planificador, racional. La verdadera mente.
Pero frente a esta teología de la inevitabilidad tecnológica, mis entrevistados en el “sanedrín de la disidencia” levantaron la mano para señalar que el emperador va desnudo, o al menos, en ropa interior.
Gary Marcus me lo dijo con esa satisfacción ácida del que ve arder el edificio que señaló: “OpenAI es el WeWork de la IA”. Una frase lapidaria. Según Marcus, hemos chocado contra la “Ley de Rendimientos Decrecientes”. Echar más carbón (más datos y más chips) a la locomotora ya no hace que vaya más rápido; solo consigue que la factura de la luz sea astronómica y que la máquina explote. François Chollet fue aún más lejos: los actuales modelos de lenguaje no son el camino hacia la superinteligencia, son una “salida de la autopista” (off-ramp). Nos hemos desviado para aparcar en una gasolinera llena de luces de neón donde el algoritmo memoriza mucho pero entiende poco.
Y ahí es donde nos encontramos en este amanecer de 2026: atrapados en la Sala de Espera de la Historia.
Estamos varados entre dos narrativas colosales. A nuestra izquierda, el calendario de Silicon Valley marca el 2027/2028 como la Fecha del Acontecimiento, coincidiendo sospechosamente con la profecía de Lem. A nuestra derecha, la ciencia crítica nos advierte de que estamos confundiendo la memorización con la inteligencia, y que sin un cuerpo que sufra, que tema la muerte y que ocupe espacio, la “comprensión” es una alucinación matemática.
¿Quién tiene razón? ¿Es el ruido de sables de 2027 la llegada del Mesías digital o el estallido de la mayor burbuja financiera de todos los tiempos? Lem lo tenía claro: el Golem llega, y lo primero que hace es mirarnos con indiferencia.
Una brújula para la Era Sintética
Ante esta bifurcación histórica, ante la esquizofrenia de un presente atrapado entre la promesa del Nobel a Hassabis y el miedo al colapso cognitivo que vaticina Marcus, he tomado una decisión irrevocable. Si 2026 va a ser el año en que todo cambie —o el año en que nos demos cuenta de que todo fue un espejismo carísimo—, El Arjonauta no puede seguir hablando de otra cosa.
A partir de hoy, esta newsletter se transforma radicalmente. Se acabaron la dispersión y el comentario generalista. Desde este 1 de enero, El Arjonauta se convierte, en exclusiva y con una obsesión casi monástica, en las Crónicas de la Era de la Inteligencia Artificial.
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El Golem y la letra de la muerte
Y ahora, para cerrar, volvamos al principio. Volvamos a ese gólem que Stanislaw Lem fechó para 2027. Porque la figura del glem no es solo una metáfora literaria para la ciencia ficción; es el mito fundacional de nuestra hubris tecnológica, una advertencia que lleva siglos esperando a que tengamos la tecnología suficiente para hacerla realidad.
Como bien documenta la antropóloga digital Beth Singler en su fascinante ensayo Religion and Artificial Intelligence —una lectura que os recomiendo encarecidamente—, la relación entre nuestras creaciones digitales y la mística judía es mucho más literal de lo que el ateísmo de Silicon Valley está dispuesto a admitir. Singler nos recuerda que el gólem es una “metáfora altamente mutable”: puede ser víctima o villano, protector del gueto o monstruo descontrolado. Exactamente igual que la IA que nos venden hoy.
Pero leído este 2026 hay un detalle inquietante en la leyenda del gólem que Singler rescata. Según la tradición, para animar al gólem, el rabino inscribía en su frente la palabra hebrea emet (verdad). Esa era la “programación” que le daba vida. Sin embargo, cuando la criatura crecía demasiado, se volvía incontrolable y violenta, amenazando con destruir a su propio creador. Para desactivarlo, el rabino debía borrar la primera letra, el aleph. La palabra emet (verdad) se convertía entonces en met (muerte), y el gigante de barro se desplomaba, volviendo a ser polvo inerte.
Hoy estamos escribiendo emet en la frente de servidores de silicio. Buscamos una “verdad” computacional, una inteligencia que nos supere. Pero, como nos recuerda Singler, la línea que separa la “verdad” de la “muerte” es tan fina como una sola letra, como un solo error en el código de alineación de una AGI.
La línea que separa la “verdad” de la “muerte” es tan fina como una sola letra, como un solo error en el código de alineación de una AGI.
La ficción a veces se adelanta a la teología con fascinante lucidez. En su novela Pies de barro, el añorado Terry Pratchett le dio una vuelta de tuerca magistral a este mito. En su sátira de un Ankh-Morpork industrializado, los gólems empiezan a adquirir conciencia y a “reprogramarse” a sí mismos, rompiendo las instrucciones que los esclavizan.
El momento cumbre llega con Dorfl, un gólem que,
tras ser “liberado” y declarado dueño de sí mismo, desafía la lógica de su propia construcción. Cuando intentan detenerlo borrando las instrucciones de su cabeza, Dorfl sigue funcionando. ¿Por qué? Porque, como escribe Pratchett, había alcanzado un estado en el que “las palabras que hay en el corazón no se pueden sacar”. Esa es la verdadera pesadilla de la alineación de la IA que nos quita el sueño hoy: el momento en que el algoritmo deje de depender del prompt que le escribimos en la frente y empiece a escribir sus propias palabras en un lugar donde nuestros dedos ya no pueden llegar.
Pero cuidado, porque incluso este miedo cerval a la "rebelión de la máquina" podría ser la jugada maestra final de Silicon Valley. Como advierte la lingüista computacional Emily M. Bender en su incisivo análisis, la narrativa del "riesgo existencial" —ese pánico a que una superinteligencia nos aniquile— no es una advertencia honesta, sino el folleto de ventas más sofisticado de la historia. Al promocionar sus creaciones como potenciales "dioses" o "demonios" capaces de acabar con la civilización, los Sam Altman y Elon Musk de turno logran dos cosas: inflar la valoración de sus empresas sugiriendo una potencia casi mágica y, lo que es más perverso, desviar la mirada de los reguladores de los daños reales y tangibles del presente (el robo de datos, los sesgos algorítmicos, la explotación laboral) hacia hipotéticos escenarios de ciencia ficción que, convenientemente, solo ellos pueden "alinear". Nos venden el apocalipsis futuro para que no miremos la estafa presente.
God & Golem
No es casualidad que Norbert Wiener, el padre de la cibernética, titulara su último libro God and Golem, Inc. en 1964, advirtiendo sobre los “errores de previsión” en la automatización. Ni es casualidad, como recoge Singler, que cuando el Instituto Weizmann de Israel instaló su primer gran ordenador en 1965, el gran experto en cábala Gershom Scholem aceptara dar el discurso inaugural y decidiera bautizar a la máquina como “Golem Aleph”.
En aquel discurso, Scholem trazó una línea directa entre los rabinos místicos de Praga y los matemáticos modernos como John von Neumann. Y cerró con una dedicatoria que hoy, sesenta años después y a las puertas de la Singularidad, resuena no como una bendición, sino como una súplica desesperada dirigida a la máquina que estamos a punto de encender:
“Me resigno y le digo al Gólem y a su creador: desarrollaos en paz y no destruyáis el mundo”.
Feliz 2026. Bienvenidos a la Era del Gólem.







Daniel, tu texto es brillante. Bien escrito, bien documentado, bien armado. Justamente por eso quiero señalarte algo que quizás no viste.
Tu artículo describe el Gólem, la fecha de Lem, el mito de la verdad y la muerte. Pero no ofrece una herramienta para dejar de alimentarlo. Es un análisis que se lee, se admira y se comparte. Y después, ¿qué?
A eso en mi trabajo lo llamo porno de lucidez: sentir que entendiste algo profundo solo porque lo leíste, sin que eso te mueva un milímetro. Es la trampa más elegante de nuestra época.
La verdad no es una palabra mágica escrita en la frente de un monstruo. Es eficiencia verificable en el cuerpo. La diferencia entre "emet" y "met" no es una letra. Es la diferencia entre evadir o no evadir la realidad.
Tu texto señala el problema con precisión, pero se queda en la descripción. Y la descripción sin acción es otra forma de evasión.
¿Qué hacemos con esto? ¿Seguimos escribiendo sobre el Gólem o empezamos a construir algo que no dependa de él?
Salu², Yoka.
Wiii un artículo que mezcla ciencia ficción, terror ontológico, pesimismo, optimismo, conspiración, ciencia, filosofía y literatura. Siiii.
Estuvo bonito leerte \(・o・)/
Creo que el futuro es muy deprimente y volveremos a ser cangrejos. Espero no vivir esos tiempos interesantes.
¿Que hacer? Entrar en desesperación porque una IA Dios va a destruir el concepto de vida y seremos un mero estorbo en su análisis en 256 dimensiones?
Acaso su lógica será tan perfecta que habremos creado a un ser que pueda ver el futuro (no de forma real, pero ya sabes a lo que me refiero).
...
Y luego que?
A veces siento que estas cosas no me son relevantes, luego veo la magnitud apocaliptica de esto y... pues nada, que miedo :p
O tal vez esa mega IA llegue a un nivel de lógica tan buena que... que va a querer? Conocer todo de todo? Oh! Que miedo! Y si se vuelve como un cancer existencial? Que para saber más tiene que tener más combustible? Pero para que saber más? Hasta que punto? Por qué?
Uhm...
Nah, no lo sé. Creo que, ya es ciencia ficción jaja.
O tal vez en el 2028 ya haya logrado alterar la realidad espacio tiempo 😱
:p