Abundancia, ¿con o sin IA?: dudas y problemas de la nueva idea que entusiasma a la izquierda
En la sinfonía de hormigón, reactores nucleares y optimismo, hay una nota discordante, un zumbido eléctrico que proviene de los servidores de Silicon Valley
Hay momentos en la historia de las ideas que funcionan como bisagras oxidadas: chirrían, molestan, pero una vez que la puerta se abre, el paisaje que revelan es tan distinto que resulta imposible volver a cerrar los ojos. Estamos viviendo uno de esos instantes. Si hacemos caso a la analista y escritora María Álvarez, una de las voces más lúcidas de nuestro panorama intelectual, hemos llegado a 2026 con una dicotomía brutal sobre la mesa, una que no admite prisioneros: «O construir un mundo de abundancia, o abandonar el que tenemos en manos del odio».
Álvarez publicó el pasado 10 de enero un texto en su substack que tiene el aroma de los manifiestos fundacionales. Titulado Abundancia o barbarie, el artículo rastrea el origen de nuestra actual neurosis política hasta un momento muy preciso: el tercer debate de la campaña electoral de 2008, cuando Barack Obama, ante la quiebra de Lehman Brothers, sentenció que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Ahí, sostiene Álvarez, nació el «escasismo»: la convicción moral de que la virtud reside en la renuncia, en el decrecimiento y en la gestión de la miseria. Pero esa penitencia ha caducado.
María, cuyo inminente libro Hijos del optimismo promete ser el breviario esencial para entender esta nueva época, nos recuerda que la izquierda ha pasado demasiado tiempo «especializada en el arte de decir no», dejando el campo abierto a los populismos reaccionarios. Su tesis es un cañonazo contra la línea de flotación del pesimismo antropológico: la ambición humana no es el problema, es la solución.
El fin de la penitencia y la revuelta de los constructores
Pero María Álvarez no predica en el desierto. Forma parte de una constelación de pensadores (los «abundantistas») que están sacudiendo los cimientos de la socialdemocracia occidental. Si Álvarez es la filósofa de este movimiento en España, el sociólogo Jorge Galindo es su ingeniero jefe. En su reciente y demoledor artículo Ni mérito, ni solidaridad, ni futuro, Galindo pone el dedo en la llaga purulenta del contrato social español: «Os prometieron que esfuerzo y solidaridad tendrían recompensa. No la hay».
Galindo diagnostica una ruptura generacional basada en una realidad material incontestable: las ideologías dominantes se han dedicado a gestionar la escasez en lugar de desbloquear oportunidades. Para los menores de 40 años, el mérito parece una estafa y la solidaridad un saqueo, porque el sistema protege a los insiders (pensionistas y propietarios) a costa de los outsiders. Y el núcleo de este mecanismo perverso es la vivienda. En su imprescindible libro Tres millones de viviendas: cómo pasar de la escasez a la abundancia (Debate), Galindo no se anda con rodeos teóricos y baja al barro de los datos para demostrarnos que la política de vivienda en España ha sido un fracaso de diseño. «La vivienda se ha convertido en el principal freno para el progreso de millones de personas en España», escribe.
La tesis de Galindo es quirúrgica: faltan pisos. Faltan, concretamente, tres millones. No es solo especulación, ni fondos buitre, ni Airbnb; es una falta crónica de oferta allí donde la gente quiere vivir, estrangulada por una «izquierda de la escasez» que prefiere regular colas de espera antes que construir, y una «derecha de la escasez» que prefiere cerrar fronteras. Su propuesta es un «progresismo de la oferta»: construir más, más rápido y más denso, recuperando la capacidad estatal para moldear la realidad física, no solo la regulatoria.
Este giro copernicano no es una excentricidad ibérica. Bebe directamente de la fuente que Álvarez cita al inicio de su texto: el libro Abundancia de Ezra Klein y Derek Thompson. Estos autores estadounidenses han articulado la crítica definitiva al «liberalismo del bagel con todo» (Everything-Bagel Liberalism), esa tendencia patológica de la izquierda a cargar cada proyecto de infraestructura con tantos objetivos secundarios y procedimientos burocráticos que al final no se construye nada. Klein y Thompson nos recuerdan que la legitimidad democrática no se gana cumpliendo procesos infinitos, sino entregando resultados: energía limpia barata, casas asequibles y trenes rápidos.
Klein y Thompson nos recuerdan que la legitimidad democrática
no se gana cumpliendo procesos infinitos, sino entregando resultados:
energía limpia barata, casas asequibles y trenes rápidos
La música suena bien, ¿verdad? Una izquierda que vuelve a creer en el futuro, que abraza la tecnología y la construcción, que promete «más» en lugar de «menos». Una izquierda faústica que quiere dominar la naturaleza para el bienestar común. Sin embargo, en esta sinfonía de hormigón, reactores nucleares y optimismo, hay una nota discordante que empieza a sonar de fondo. Un zumbido eléctrico que proviene de los servidores de Silicon Valley. Porque esta nueva Agenda de la Abundancia tiene un invitado de piedra con el que no todos contaban de la misma manera: la Inteligencia Artificial.
Y es aquí donde el sueño de la abundancia infinita choca con la realidad termodinámica y política del presente.
No todos están tan seguros de que la fiesta pueda continuar. Informes recientes del AI Now Institute y análisis del MIT Energy Initiative están lanzando señales de alarma que no podemos ignorar: la utopía de la abundancia material podría estar a punto de ser devorada por la voracidad energética de sus propios hijos digitales. ¿Es compatible la abundancia material para todos con la voracidad energética de la IA? ¿Estamos confundiendo la capacidad de construir casas con la capacidad de procesar datos? De eso hablaremos a continuación.
La termodinámica contra el optimismo
La premisa de la «Agenda de la Abundancia» es seductora por su lógica aplastante: si eliminamos las restricciones artificiales —zonificación, permisos ambientales eternos, bloqueo NIMBY (Not In My Back Yard)—, el mercado y el Estado podrán, al fin, desatar las fuerzas productivas. Ezra Klein y Derek Thompson lo explican con la fe del converso en su libro: imaginan un futuro de energía limpia tan barata que dejará de ser un factor de coste relevante. Pero aquí es donde el guion de la utopía materialista sufre un giro trágico.
Nos enfrentamos a una colisión inminente entre dos tipos de abundancia que, paradójicamente, podrían ser excluyentes a corto plazo: la abundancia de átomos (casas, coches eléctricos, desaladoras) y la abundancia de bits (inteligencia artificial generativa).
El problema no es técnico, es físico: la infraestructura necesaria para sostener la revolución de la IA (esos centros de datos que brotan como catedrales ciegas en las llanuras de Aragón o en los desiertos de Nevada) es una devoradora insaciable de electricidad
El problema no es técnico, es físico. La infraestructura necesaria para sostener la revolución de la IA (esos centros de datos que brotan como catedrales ciegas en las llanuras de Aragón o en los desiertos de Nevada) es una devoradora insaciable de electricidad. Lo demostró la paradoja de Jevons. Formulada en el siglo XIX por el economista William Stanley Jevons al observar el consumo de carbón, establece que a medida que la tecnología aumenta la eficiencia en el uso de un recurso, el consumo total de ese recurso no disminuye, sino que aumenta.
Aplicado a nuestra era: cuanto más eficientes se vuelven los chips y los algoritmos, más barato es «pensar» artificialmente, y por tanto, integramos la IA en más procesos. El resultado no es un ahorro de energía, sino una explosión de la demanda. Las Big Tech están acaparando contratos de energía nuclear y renovable a un ritmo tal que podrían expulsar del mercado a otros actores.
Aquí radica la ironía cruel que amenaza el proyecto de María Álvarez y Jorge Galindo. Ellos abogan por un shock de oferta para abaratar la vida de la clase trabajadora: electricidad barata para calentar esos «tres millones de viviendas» que Galindo nos urge a construir. Pero, ¿qué pasa si esa electricidad ya tiene dueño antes de ser generada? ¿Qué ocurre si la capacidad de la red eléctrica, que es finita y lenta de expandir, se satura alimentando a Llama o GPT-6 en lugar de a las bombas de calor de los nuevos desarrollos urbanísticos de la periferia madrileña?
¿Qué ocurre si la capacidad de la red eléctrica, que es finita y lenta de expandir,
se satura alimentando a Llama o GPT-6 en lugar de a las bombas de calor de
los nuevos desarrollos urbanísticos de la periferia madrileña?
Existe un riesgo real de que la abundancia digital canibalice la abundancia material. Estamos ante una posible gentrificación de la energía. Si la capacidad de computación ofrece retornos de inversión más altos que la construcción de vivienda asequible o la manufactura industrial, el mercado desviará los electrones hacia los servidores.
Nos encontramos, puesn ante una encrucijada que la izquierda abundantista aún no ha resuelto del todo en su imaginario. Queremos un Estado emprendedor que construya, sí. Pero ese mismo Estado está subvencionando una carrera armamentística digital que compite por los mismos recursos críticos (tierra, agua para refrigeración y electricidad) que se necesitan para la prosperidad humana básica. La abundancia, nos dice la física, no es mágica; tiene un coste de oportunidad. Y tal vez estemos eligiendo mal qué «abundancia» priorizar.
Pero si la física nos pone límites, la política decide quién los sufre. Y aquí es donde la nueva abundancia, lejos de ser la marea que levanta todos los barcos, amenaza con dejar encallados a los de siempre, pero esta vez con una excusa algorítmica perfecta.
El algoritmo no vive en Carabanchel
Si la física impone los límites externos a la utopía abundantista, la política define sus grietas internas. ¿Para quién se está construyendo esta nueva abundancia?
La tesis central de Galindo en Tres millones de viviendas y de María Álvarez en sus artículos es profundamente democrática: construir más para que llegue a todos. Es un «socialismo de la oferta» que busca inundar el mercado de bienes esenciales (techo, energía, transporte) para reventar los precios y liberar a la clase trabajadora de la asfixia de las rentas. Sin embargo, la abundancia que promete la IA tiene una arquitectura radicalmente distinta. Tiende, por diseño, al monopolio natural.
Mientras Galindo y Álvarez piden un Estado fuerte que recupere la batuta para planificar barrios y tender vías de tren, la realidad es que el capital más dinámico y abundante se está fugando hacia la construcción de una infraestructura privada de inteligencia que no rinde cuentas ante las urnas. Corremos el peligro de sustituir la burocracia ineficiente del Estado por la autocracia eficiente del algoritmo.
La realidad es que el capital más dinámico y abundante se está fugando hacia la construcción de una infraestructura privada de inteligencia que no rinde cuentas ante las urnas
Aquí es donde el optimismo de Ezra Klein en su libro Abundancia muestra sus costuras más débiles. Klein asume que si eliminamos los obstáculos regulatorios, la innovación fluirá como un maná igualitario. Pero, ¿qué ocurre si esa desregulación, pensada para construir viviendas baratas en Vallecas o L’Hospitalet, acaba sirviendo para que una corporación levante un centro de datos que consume el agua de toda la comarca sin generar apenas empleo local?
Estamos ante la posible reedición del pacto roto que denuncia Galindo en su artículo Ni mérito, ni solidaridad, ni futuro. A esa generación a la que se le dijo «estudia y tendrás trabajo», ahora se le podría estar diciendo «dejadnos consumir toda la energía disponible para entrenar a la IA, y a cambio tendréis asistentes virtuales maravillosos». El problema, claro, es que no puedes vivir dentro de un chatbot ni resguardarte del frío con un prompt.
El riesgo es que la «Agenda de la Abundancia» sea cooptada. Que utilicemos la retórica de la construcción necesaria (¡pisos, trenes!) para justificar una expansión industrial cuyo beneficiario final no es el ciudadano común, sino el accionista de la tecnológica de turno. Un desacoplamiento de la prosperidad: un escenario donde el PIB se dispara gracias a la productividad de la IA, la energía abunda para los servidores, pero la vida material de las personas (el acceso a la vivienda, la calidad de los servicios públicos humanos) sigue estancada o incluso retrocede por la competencia de recursos.
La abundancia, por tanto, no es un bloque monolítico. Hay una «abundancia que emancipa» (la de Álvarez y Galindo: casas y tiempo libre) y una «abundancia que concentra» (la de la IA extractiva). Y lo inquietante es que, sin una dirección política férrea, la segunda tiene todas las de ganar porque es más rápida, más rentable y tiene mejores lobistas.
¿Significa esto que debemos volver a la trinchera del «no a todo», al decrecimiento y a la gestión de la miseria? En absoluto. Eso sería, como bien dice María Álvarez, barbarie. Pero la ingenuidad también es una forma de barbarie, solo que más simpática. La pregunta final, la que nos queda botando para el cierre, es si existe una vía para domar a la bestia. Si podemos subirnos a la ola de la abundancia sin ahogarnos en ella.
El retorno de la política (o cómo domar al Leviatán de silicio)
¿Cómo resolvemos, entonces, la ecuación irresoluble? Tenemos, por un lado, el imperativo moral y material que nos señalan María Álvarez y Jorge Galindo: hay que construir, hay que densificar, hay que inundar el mercado de bienes tangibles para que la vida no sea una carrera de obstáculos para la mayoría. Y tenemos, por otro, la advertencia fría y numérica: si dejamos las compuertas abiertas sin más, el capital y la energía fluirán hacia la inteligencia artificial, no hacia los ladrillos.
La respuesta podría estar en una relectura más atenta del propio Ezra Klein. En Abundancia, Klein y Thompson no abogan por un libertarismo salvaje, sino por un Estado que recupere su “capacidad estatal”. Y aquí está la clave de bóveda. La verdadera abundancia no consiste en que el Estado se retire para que las Big Tech levanten sus imperios de datos, sino en que el Estado tenga la fuerza suficiente para decir: «Primero las casas, luego los chatbots».
La verdadera abundancia no consiste en que el Estado se retire
para que las Big Tech levanten sus imperios de datos, sino en que el Estado
tenga la fuerza suficiente para decir: «Primero las casas, luego los chatbots»
Jorge Galindo, en Tres millones de viviendas, lo expresa con una claridad meridiana al hablar de la necesidad de un sector público que no solo regule, sino que haga. Si la vivienda es el «principal freno para el progreso», como él sostiene, entonces la energía y los recursos deben dirigirse allí con una intencionalidad casi bélica. No podemos permitirnos el lujo de ser neutrales ante el uso de la electricidad. Si la IA amenaza con secuestrar la red eléctrica, la política (esa vieja herramienta humana, demasiado humana) debe volver a tomar el timón para imponer prioridades sociales sobre las rentabilidades algorítmicas.
María Álvarez, en su vibrante defensa del optimismo, nos invita a rechazar la resignación. Y tiene razón. Pero el optimismo del siglo XXI debe ser un optimismo blindado, vigilante. No basta con desear la abundancia; hay que pelear su distribución. El peligro no es la tecnología per se, sino la renuncia a gobernarla. La “barbarie” de la que nos advierte Álvarez podría no ser solo el caos o la pobreza, sino un orden tecnocrático impecable donde la inteligencia sobra y el refugio falta.
El desafío para la izquierda (y para cualquier demócrata sensato) es titánico: abrazar el crecimiento y la construcción, sí, pero asegurándose de que el hormigón se vierta en los cimientos de nuevos hogares y no solo en los búnkeres de servidores. La abundancia es posible, y el libro de Álvarez, Hijos del optimismo, seguramente será una brújula indispensable para navegar este nuevo espíritu de época. Pero la tecnología no nos salvará de tomar decisiones difíciles.
Al final, volvemos al principio, pero con una lección aprendida. La abundancia no es un regalo del destino ni una consecuencia automática de la innovación; es una conquista política. La disyuntiva final no es solo entre abundancia o escasez, sino entre una abundancia para la vida humana o una abundancia para la vida sintética. Y esa elección, por suerte, todavía depende de nosotros, los que habitamos cuerpos frágiles y necesitamos un techo bajo el que dormir.






Hola Daniel.
Increíble tu artículo. Parece un manifiesto fundacional.
Algunas de las cosas que comentas ya están pasando en EE.UU. Su economía no ha caído en recesión en 2025, pero solo porque gran parte de la inversión y la producción se ha dedicado a centros de datos y generación de electricidad. Casi todos los demás indicadores (inflación, empleo, riesgo de pobreza) han empeorado. No es que vaya a pasar: ya está ocurriendo, el capital ya ha elegido. Y el Estado no solamente ha dado un paso atrás: es que ha sido "ocupado" por las tecnológicas.
Creo que hay dos cosas que desbloquear, si verdaderamente queremos un Estado emprendedor.
En primer lugar, un cambio político que, si bien no se atisba aún, es ineludible. Nuestros sistemas de representación encarnan modelos de funcionamiento obsoletos, basados en incentivos a corto plazo que eran funcionales hace veinte años, pero ya no. Ese cambio puede venir por una re-construcción (y lo escribo con guion) del sistema representativo que nos lleve de vuelta a lo democrático, o a sistemas autoritarios a la china o a la norteamericana. No hace falta decir por cuál me decanto, pero la dificultad es máxima. Quizá haya que pasar por un sarampión para que la sociedad decida extirpar la enfermedad, pero vaya usted a saber.
En segundo, la verdadera abundancia de energía barata. Pudiera ser que apareciese un cisne negro en los próximos veinte o treinta años que nos ofreciese energía ilimitada y casi gratis (sí, hablo de la fusión fría). Sin romper la restricción de la escasez, es cierto que el capital, si puede elegir, optará por lo rápido, es decir, la IA. ¿Tenemos ese tiempo?
Por último, no olvidemos una opción, casi tragicómica: la IA es un bluff, y jamás alcanza los límites que nos promete superar. No lo descartemos.
Enhorabuena por esta serie de artículos, si los vas juntando te sale un superventas.
Muy buen artículo, y muy bien documentado, pero creo que hay un factor que no estás valorando del todo: la posibilidad real de que la energía, que señalas con razón como la clave de bóveda, se abarate hasta dejar de ser el gran cuello de botella. No sería un giro político, sino un salto científico y tecnológico, coherente con todo el crecimiento anterior.
El límite del crecimiento se anuncia desde mediados del siglo XIX y, hasta ahora, siempre ha sido desplazado por cambios tecnológicos mayores. Desde 1850 el crecimiento no se ha frenado, se ha acelerado.
Si la energía entra en una dinámica de coste marginal tendente a cero, buena parte del conflicto entre abundancia material y abundancia digital se diluye. Y aquí discrepo más claramente: esos saltos no los ha producido un Estado cada vez más grande y, en cierto sentido, ilimitado e ingobernable, sino ecosistemas abiertos donde la innovación corre más rápido que la regulación. El Estado fagocitador tiende a congelar el presente.
A esto se suma un riesgo simétrico: empresas tecnológicas de tamaño casi estatal, capaces de concentrar recursos y poder sin control democrático real. El problema no es elegir entre Estado o mercado, sino evitar que ambos crezcan sin límite.
El peligro no es la IA ni la energía, sino intentar gobernar el futuro con estructuras pensadas para administrar la escasez del pasado. Todo ello, además, queda atravesado por dos incógnitas difíciles de gestionar: el decrecimiento demográfico, ya no exclusivo de las economías desarrolladas, y el cambio climático, como variable de enorme impacto y predicción incierta.