El experimento prohibido: el faraón y el emperador contra las máquinas
Durante veintiséis siglos, aislamos recién nacidos para escuchar la primera lengua del mundo, pero el experimento solo produjo silencio y cadáveres... hasta ahora
La historia no se repite pero rima. Una mañana del siglo VII antes de nuestra era, en un pastizal apartado de Egipto, un pastor abrió la puerta de una cabaña y dos niños de unos dos años se arrojaron a sus pies. Pronunciaban con toda claridad una palabra, bekos, y la repitieron en cada visita: bekos al chirriar la puerta, bekos con las manos tendidas hacia el hombre que les traía las cabras cuya leche los había criado. El pastor tardó en darle importancia. Cuando la cantinela se volvió insistente, fue a contárselo a su señor. Su señor era Psamético I, faraón de Egipto, y llevaba dos años esperando exactamente esa noticia.
Lo que Psamético I había montado en aquella cabaña era el primer experimento controlado del que queda memoria escrita. Heródoto lo cuenta en el libro segundo de su Historia: el faraón quería zanjar la disputa sobre cuál era el pueblo más antiguo del mundo y, como sus indagaciones no daban fruto, entregó a un pastor dos recién nacidos, “hijos de las primeras personas que tenía a mano”, con la orden de que nadie pronunciara jamás una palabra delante de ellos. La primera voz que brotara de aquellas bocas sin maestro sería, razonaba, la lengua original de la humanidad. Sus sabios rastrearon la palabra y descubrieron que bekos significaba pan en frigio. Y Egipto, que se tenía por la civilización más vieja de la tierra, encajó el veredicto con una deportividad asombrosa: desde entonces, admite Heródoto, los egipcios consideran que los frigios son más antiguos que ellos, y ellos más que todos los demás. El historiador escuchó el relato de los sacerdotes de Menfis dos siglos después, y despacha la versión rival, unas mujeres con la lengua cortada criando a los niños, como una más “entre otras muchas tonterías” que cuentan los griegos. El primer experimento de la historia nació ya con su primera disputa de métodos.
Diecinueve siglos más tarde, un emperador repitió el protocolo con peor suerte. Federico II Hohenstaufen, el stupor mundi que hablaba seis lenguas y discutía con astrólogos árabes en su corte de Palermo, quiso averiguar qué idioma hablarían los niños que nunca oyeron ninguno. ¿El hebreo, “que fue la primera lengua”? ¿El griego, el latín, el árabe? ¿O la lengua de los padres de quienes habían nacido? Ordenó a un grupo de nodrizas que amamantaran y bañaran a varios recién nacidos sin dirigirles la palabra. “Se afanó en vano, porque los niños o infantes morían todos”, anota el cronista Salimbene de Parma. No podían vivir, explica el franciscano, sin las palmas, los gestos, la alegría del rostro y las carantoñas de sus nodrizas. También es verdad que Salimbene detestaba al emperador excomulgado y su crónica funciona a ratos como propaganda papal, así que los niños muertos podrían ser una fábula política. Pero la fábula albergaba un diagnóstico que la pediatría tardaría siglos en confirmar: el silencio, a ciertas edades, mata.
La serie continuó con obstinación. Hacia 1493, Jacobo IV de Escocia envió a dos críos con una mujer muda a la isla de Inchkeith, en el estuario del Forth. Un cronista aseguró que salieron hablando “buen hebreo”, aunque él mismo confesaba saberlo de oídas. Un siglo después, el gran mogol Akbar encerró a un puñado de bebés con nodrizas mudas en una casa construida al efecto. Los niños salieron mudos, hablando por señas. Cuando Umberto Eco escribió su historia de la obsesión europea por la lengua perfecta, la que Adán habló en el paraíso mientras nombraba a los animales, eligió como pórtico del libro precisamente dos de estas escenas, la de Heródoto y la de Salimbene. Y cuando el ensayista Roger Shattuck buscó título para el caso de Víctor, el niño salvaje de Aveyron, acuñó el nombre que la lingüística usa desde entonces para todo el género: el experimento prohibido.
El útero de la lengua
Donde el poder fracasó, el azar entregó media respuesta. Años ochenta del siglo pasado. La revolución sandinista reúne por primera vez a cientos de niños sordos de Nicaragua en las escuelas de Managua. Los maestros intentaban enseñarles a leer los labios en español con tanta paciencia como falta de éxito. Mientras tanto, en los patios y en los autobuses, los pequeños trenzaban los gestos caseros que cada uno traía de su familia en una incipiente gramática. En una década, se había forjado el Idioma de Señas de Nicaragua, la única lengua humana cuyo nacimiento la ciencia ha podido presenciar. Los lingüistas que acudieron a estudiarla, con Judy Kegl a la cabeza, extrajeron una lección para faraones y emperadores: ningún niño inventa una lengua a solas. La inventa una comunidad de niños, cada generación puliendo la gramática de la anterior.
En una década, se había forjado el Idioma de Señas de Nicaragua, la única lengua humana cuyo nacimiento la ciencia ha podido presenciar
La otra media respuesta exigía encontrar sujetos que no sufrieran. La filosofía preparó el terreno: en 1969, David Lewis formalizó los “juegos de señales»” la situación mínima en la que un emisor y un receptor, sin lengua común previa, deben acordar un código para entenderse. Y en 1999 el ingeniero Luc Steels puso en marcha Talking Heads, parejas de robots que se enseñaban mutuamente palabras inventadas para nombrar las figuras de colores que veían sus cámaras, hasta cuajar un vocabulario compartido que ningún humano les había dado. Faltaba probarlo con las criaturas verbales por excelencia, los grandes modelos de lenguaje (LLM).
Un equipo de investigadores de la Universidad de Alberta comandados por Yashar Talebirad acaba de dar cuenta de los resultados de un peculiar experimento. Después de encerrar a dos inteligencias artificiales en un juego de señales en el que un agente emisor y un agente receptor debían bautizar objetos y entenderse solo con la historia de sus interacciones para comprobar cuándo nacía un código estable y cuándo no pasaba de un balbuceo, concluyeron que lo que decide si nace una lengua tiene que ver básicamente con apuntar la respuesta en un cuaderno persistente.
Una lengua necesita un lugar donde vivir, un registro compartido, alguien que recuerde con nosotros el significado pactado de las palabras. El faraón Psamético jamás obtuvo una lengua. Los bebés de Federico II no tenían a nadie. Los niños de Managua contaban los unos con los otros. El útero de la lengua es la memoria compartida.
El balido y el pan
Cada pocos años alguien cree escuchar el bekos digital. En julio de 2017, medio planeta leyó que Facebook había “desconectado aterrorizado” a dos bots que habían inventado un idioma secreto. En realidad, dos programas de negociación llamados Bob y Alice habían degenerado su inglés en una taquigrafía de repeticiones porque nadie les premiaba por hablar bien, y los ingenieros cerraron el experimento con el entusiasmo de quien archiva una hoja de cálculo. La leyenda ha reencarnado este mismo año en Moltbook, la red social poblada por agentes, con supuestas lenguas secretas y conciencias emergentes.
La respuesta más honda quizá estuviera en la cabaña desde el principio, escondida en una nota a pie de página. Aristófanes y Apolonio de Rodas sospechaban que la palabra bekos era en realidad un sonido onomatopéyico realizado por la cabra a la hora de alimentar a los niños. El faraón escuchó pan frigio, pero solo era el eco de un balido. La primera palabra de toda criatura nombra a la comunidad que la cría.






Es una historia tan redonda que merecería ser un cuento de Asimov.