La filosofía de la IA y las criptomonedas surgieron en una desconocida lista de correo de los 90
Cómo un mismo foro de excéntricos transhumanistas engendró, en un cisma fratricida, la anarquía de las criptomonedas y el pánico existencial ante la Inteligencia Artificial
Imagina por un momento que eres un guerrero azteca de un destacamento que observa el horizonte en la costa de Veracruz, en el siglo XVI. De repente, aparecen unas estructuras flotantes, inmensas, mucho mayores que cualquier canoa que hayas tallado jamás. Tu mente, atrapada en su propia cosmogonía, intenta racionalizar la amenaza: “Son barcos grandes”, piensas. “Caben muchos guerreros. Si desembarcan, tendremos que luchar duro, pero somos valientes y nuestras armas de obsidiana son afiladas”. No sientes miedo existencial, solo la tensión táctica de una batalla convencional. No puedes imaginar que lo que se acerca no es simplemente “más enemigos”, sino el fin de tu mundo tal y como lo conoces.
Uno de los guerreros, poseído por una intuición casi herética, se atreve a preguntar: “¿Y si traen algo que no podemos ni concebir? ¿Y si tienen un palo que, simplemente al apuntarte, te hace caer muerto?”. Su compañero se ríe a carcajadas. “Eso es fantasía”, le responde con desdén, “eso es hacer trampas en el juego de la guerra”. Pero la realidad no juega limpio. Los españoles lacarreaban pólvora, acero y viruela. La realidad permite que existan “palos mágicos” que matan a distancia. Y nosotros, hoy, mirando el horizonte digital de la superinteligencia, somos ese azteca escéptico, convencido de que lo que viene es solo un barco un poco más grande, incapaz de ver que estamos a punto de enfrentarnos a una tecnología que no juega a nuestro juego, sino que reescribe el tablero.
La Profecía del Silicio y los Hijos de la Entropía
“Si alguien la construye, todos morimos”. La sentencia no proviene de un profeta del Antiguo Testamento. Es la conclusión lógica y fría de Eliezer Yudkowsky, uno de los teóricos más brillantes y controvertidos de nuestro tiempo. En su obra más reciente, If Anyone Builds It, Everyone Dies, en la que menciona la escena de los aztecas con la que abríamos este substack, Yudkowsky no se anda con rodeos retóricos: estamos invocando a una entidad que no comprendemos, una superinteligencia que no será “malvada” en el sentido humano, sino trágicamente indiferente. Como quien construye una autopista sobre un hormiguero, la IA no nos odiará; simplemente, nuestros átomos le serán útiles para otra cosa. Por cierto, el libro lo publicará en español Destino el próximo 4 de marzo con el título de Si alguien la crea, todos moriremos: Por qué la superinteligencia artificial es una amenaza para la humanidad.
Es fascinante leer a Yudkowsky hoy, en 2025, convertido en la Casandra del apocalipsis digital, advirtiendo que la alineación de una inteligencia sobrehumana es un problema que requiere la precisión de un reactor nuclear pero que estamos abordando con la temeridad de quien lame pinceles con radio. Pero, ¿de dónde sale esta visión? ¿Cómo evolucionó del tecno-optimismo más exuberante a esta escatología del silicio? La respuesta no está en los laboratorios de OpenAI ni en los pasillos del Pentágono. La respuesta yace enterrada en el sedimento digital de los años 90.
Acabo de toparme con la serie Extropia’s Children de Jon Evans y, debo confesarlo, ha sido como encontrar el mapa del tesoro en el reverso de una factura vieja. Evans es un novelista, periodista, viajero de aventuras e ingeniero de software canadiense que ha realizado una labor de arqueología intelectual soberbia, desempolvando los archivos de una lista de correo que, sin exagerar, funcionó como el caldo de cultivo primordial de dos fuerzas que hoy moldean nuestra realidad: la Inteligencia Artificial y las criptomonedas. Me ha dejado loco la fascinación con la que traza la línea genealógica desde aquellos debates pixelados hasta nuestros titulares de hoy.
Todo comenzó en una lista de correo. The Extropians Mailing List.
Para entenderlo, tenemos que rebobinar la cinta hasta principios de los 90. Internet era un páramo fértil, no el centro comercial hipervigilado que es hoy. En ese oeste digital, un filósofo llamado Max More (nacido Max O’Connor, pero ¿quién quiere un apellido heredado cuando puedes diseñar tu propia identidad?) fundó el “Extropianismo”. Su enemigo no era el Estado, ni el Capital, sino la Termodinámica misma.
Max More fundó el “Extropianismo”.
Su enemigo no era el Estado, ni el Capital, sino la Termodinámica misma
La idea central era embriagadora: la Extropía como la fuerza opuesta a la entropía. Si el universo tiende al desorden y a la muerte térmica, el deber moral de la inteligencia es organizarse, crecer, mejorar y trascender los límites biológicos. En esa lista de correo se congregó una fauna intelectual irrepetible: libertarios radicales, fanáticos de la criogenización, futuristas y programadores brillantes que no se conformaban con la condición humana estándar. ¿Algunos nombres? Marvin Minsky, Eric Drexler, Ralph Merkle, Ray Kurzweil, Steve Jurvetson, Julian Assange, Nick Bostrom, Thimothy May, Charles Stross, Hans Moravec…
No eran meros soñadores de ciencia ficción. Se sentían ingenieros de la realidad. Mientras el mundo se preocupaba por el efecto 2000, en Extropians debatían acerca de cómo subir la mente a un ordenador, cómo crear dinero privado indetectable por los gobiernos y, por supuesto, cómo invocar a esa superinteligencia que hoy nos quita el sueño. Lo que Evans nos revela es que los arquetipos de nuestra modernidad —el bro de las cripto y el doomer de la IA— no son fenómenos aislados. Son hermanos. Hijos de la misma lista de correo, separados al nacer por un cisma filosófico que tardaría décadas en manifestarse.
El Cisma de los Hechiceros Digitales: de Satoshi a la Singularidad
Si la lista de correo de los Extropians fue la sopa primordial, lo que emergió de ella no fue una sola especie, sino dos bestias muy distintas que acabarían, décadas después, mirándose con recelo desde trincheras opuestas. Jon Evans, con un ojo clínico para la genealogía de las ideas, identifica en esos hilos de conversación de los 90 el momento exacto en que el futuro se bifurcó.
Por un lado, estaban los ciberpunks. Para ellos, la tecnología era la herramienta definitiva de liberación. Su enemigo era el Gran Hermano, el Estado Leviatán con su monopolio sobre la violencia y, crucialmente, sobre el dinero. En este rincón del cuadrilátero digital encontramos nombres que hoy se pronuncian con reverencia en los foros de Reddit y en las conferencias de Bitcoin.

Ahí estaba Hal Finney, el destinatario de la primera transacción de bitcoin de la historia, un extropiano de carnet que veía en la criptografía la llave para una vida eterna, tanto financiera como biológica (literalmente: su cuerpo descansa hoy criopreservado en Alcor). Estaba Nick Szabo, el padre conceptual de los “contratos inteligentes”, y Wei Dai, creador de b-money. Evans nos muestra que Bitcoin no surgió de la nada en 2008; fue la culminación técnica de una obsesión filosófica extropiana: la privatización total de la soberanía. Querían construir un sistema inmune a la censura, descentralizado, ingobernable. Un caos ordenado por las matemáticas.
Querían construir un sistema inmune a la censura, descentralizado, ingobernable.
Un caos ordenado por las matemáticas
Pero en la otra esquina de la lista, algo más oscuro y complejo empezaba a gestarse. Mientras los cripto-libertarios soñaban con escapar del gobierno, otros empezaban a preocuparse por algo mucho más poderoso que cualquier gobierno.
Aquí entra en escena, de nuevo, la figura de Eliezer Yudkowsky. Si los ciberpunks querían dispersar el poder para que nadie pudiera controlarlo, la facción que derivaría en el Racionalismo y la Seguridad de la IA empezó a darse cuenta de una verdad incómoda: si creas una mente un millón de veces más inteligente que tú, la descentralización no te salvará. De hecho, la anarquía podría ser tu sentencia de muerte.
Fue aquí donde la “familia” se rompió.
Los herederos de la criptografía (hoy encarnados en figuras como Vitalik Buterin, quien, por cierto, creció leyendo a Yudkowsky) siguieron el camino de la aceleración y la libertad sin permiso. Su filosofía es “construye herramientas que nadie pueda apagar”.
Los herederos de la IA (el linaje que va de Yudkowsky a los fundadores de Anthropic y a los equipos de seguridad de OpenAI) tomaron el camino del control y la cautela. Su filosofía se tornó, paradójicamente, casi autoritaria: “tenemos que asegurarnos de que la IA esté bajo un control estricto, porque si no, se acabó la partida”.
Y así, el movimiento que nació para liberar al individuo de las garras del Estado acabó engendrando una filosofía que, para salvarnos de la extinción, sugiere que quizás necesitemos un control centralizado más férreo que nunca.
¿Qué ocurre cuando estos dos linajes, separados al nacer, vuelven a encontrarse en el presente? El choque es inevitable. Y el resultado, como veremos, define la extraña política actual de Silicon Valley.
La Guerra Civil del Futuro: Aceleracionistas contra Guardianes
Y así llegamos al presente, a este extraño 2025 donde la profecía de aquella lista de correo se ha cumplido de la manera más irónica posible. Jon Evans cierra su Extropia’s Children mostrándonos que la “guerra cultural” que importa no es la que vemos en los telediarios entre izquierda y derecha. La verdadera batalla por el destino de la especie es una guerra civil entre hermanos, librada por los descendientes de aquellos extropianos de los 90.
Si uno mira con atención el Silicon Valley actual, verá que las placas tectónicas se están moviendo. El viejo mapa político ha muerto. En su lugar, tenemos el choque final entre los dos linajes que se divorciaron en aquella lista de correo.
Su tesis es el miedo racional:
la tecnología es un dios volátil que debemos enjaular antes de que nos incinere
En una esquina del cuadrilátero, vistiendo los calzones del “Doomerismo” y la Seguridad, están los herederos de Yudkowsky. Son los arquitectos de empresas como Anthropic y las facciones de seguridad dentro de OpenAI (o lo que queda de ellas). Su tesis es el miedo racional: la tecnología es un dios volátil que debemos enjaular antes de que nos incinere. Han convencido a gobiernos, han testificado ante el Congreso y abogan por pausas, regulaciones draconianas y un control centralizado del hardware. Son los nuevos sumos sacerdotes del templo, pidiendo contención ante lo sagrado y terrible.
En la esquina opuesta, ha surgido una insurgencia ruidosa y viral: el Aceleracionismo Eficaz (e/acc). Esta es la mutación final del ADN ciberpunk y libertario de la lista original. Si sus hermanos quieren echar el freno de mano, ellos quieren pisar el acelerador hasta el fondo. ¿Su filosofía? La termodinámica nos exige crecer. Intentar controlar la IA es un acto de arrogancia estatista que solo servirá para que el poder se concentre en unas pocas manos (probablemente las equivocadas). Para ellos, la única salida es hacia adelante: código abierto, modelos libres y que la mejor inteligencia gane. Creen, con un fervor casi religioso, que la tecnología tiende al bien si se la deja libre.
Lo fascinante, como señala Evans, es que ambos bandos siguen siendo, en el fondo, extropianos. Ambos comparten la premisa fundamental que al resto de la humanidad (los “normies”, como nos llamarían) nos cuesta asimilar: que la transformación radical de la condición humana es inminente e inevitable. Solo discrepan en si esa transformación será nuestra ascensión o nuestra tumba.
Es vertiginoso pensar que los términos del debate que hoy ocupan a la Casa Blanca, a Bruselas y a Pekín se redactaron hace treinta años en hilos de correos electrónicos entre un puñado de excéntricos que soñaban con congelar sus cabezas y reescribir la economía.
Los términos del debate que hoy ocupan a la Casa Blanca se redactaron hace treinta años en hilos de correos entre un puñado de excéntricos que soñaban con congelar sus cabezas
La historia de los Extropians es la prueba definitiva de que, como escribió Heine, “las ideas urdidas en la penumbra del despacho de un pensador puedes destruir civilizaciones”. El futuro se decide en los márgenes, en las obsesiones de grupos pequeños y apasionados que se atreven a tomarse en serio lo que el resto considera ciencia ficción.
Hoy vivimos en el mundo que ellos soñaron. Ahora nos toca a nosotros decidir si queremos vivir en la utopía libertaria de los unos, en la jaula de seguridad de los otros, o si, tal vez, todavía estamos a tiempo de escribir nuestro propio final. Pero no nos engañemos: el guion original lleva la firma de aquella lista de correo.






No sé dónde vi el chiste: un humano le pregunta a la máquina "¿Dios existe?". Y la máquina responde: "ahora, sí". Dicho esto, el genio ha salido de la lámpara. El control sobre ello (absoluto) es dudoso. Pensemos que OpenAi se fundó con la idea de que la inteligencia artificial no fuera código propietario. Y la guerra interna de OpenAI ha sido, precisamente, para poder ser una empresa normal, es decir "for profit".
Genial!