Imagina por un momento que eres un guerrero azteca de un destacamento que observa el horizonte en la costa de Veracruz, en el siglo XVI. De repente, aparecen unas estructuras flotantes, inmensas, mucho mayores que cualquier canoa que hayas tallado jamás. Tu mente, atrapada en su propia cosmogonía, intenta racionalizar la amenaza: “Son barcos grandes”, piensas. “Caben muchos guerreros. Si desembarcan, tendremos que luchar duro, pero somos valientes y nuestras armas de obsidiana son afiladas”. No sientes miedo existencial, solo la tensión táctica de una batalla convencional. No puedes imaginar que lo que se acerca no es simplemente “más enemigos”, sino el fin de tu mundo tal y como lo conoces.
Uno de los guerreros, poseído por una intuición casi herética, se atreve a preguntar: “¿Y si traen algo que no podemos ni concebir? ¿Y si tienen un palo que, simplemente al apuntarte, te hace caer muerto?”. Su compañero se ríe a carcajadas. “Eso es fantasía”, le responde con desdén, “eso es hacer t…



