En los noventa yo leía a Michael Crichton, como todo el mundo. También a Borges y a Kropotkin y aún echaba de vez en cuando una ojeada furtiva a mis Batman (sí, ya sé, para leer eso, mejor no leer nada, como María Pombo). Lo de que todo el mundo leía a Crichton no es una boutade. Asegura Wikipedia que el padre de Parque Jurásico, y de la serie Urgencias, ha vendido más de doscientos millones de ejemplares en todo el mundo de sus libros, doce de los cuales fueron llevados al cine. Las adaptaciones arreciaron en tromba después de que Steven Spielberg reventara las salas con su versión dinosáurica, que según la experta opinión del paleontólogo Stephen Jay Gould debió titularse, más bien, Parque Cretácico. Y así, en 1995 se estrenaba un filme basado en, probablemente, uno de los peores títulos que el desigual Crichton1 había escrito quince años antes: Congo.
La película es espantosa también. Una revisión psicodélica de Las minas del rey Salomón, de Rider Haggard, con microchi…



