¿Nos salvará el dedo de Dios? IA, humanidad y una niña feliz que dibuja perritos
Los dueños del mundo queman montañas de dinero en busca de la superinteligencia que nos sustituya mientras la gran mayoría del género humano no puede soportar la idea
Los comentaristas empezaron a gritar, la sala de prensa estalló en aplausos, en las calles de Seúl, las multitudes desesperadas que habían seguido en directo la partida en pantallas gigantes se abrazaban y besaban llorando de alegría. “Era como si Lee Sedol no hubiese logrado esa victoria para sí mismo, sino para todos los miembros de nuestra especie”.
El jugador lo recordaba así tiempo después: “La gente sintió miedo y desamparo. Parecía que los seres humanos éramos tan frágiles, tan débiles. Y esa victoria significó que aún podíamos defendernos, podíamos dar la batalla. Con el paso del tiempo, será más y más difícil vencer a la inteligencia artificial. Pero ganar esa única partida… fue suficiente. Una vez fue suficiente”.
Noveno dan
He recodado este fin de semana la maravillosa narración de Benjamín Labatut en MANIAC sobre el torneo de go en el que el campeón surcoreano de noveno dan perdió contra AlphaGo, la IA de Google DeepMind, pero logró ganar una increíble partida de las cinco que jugaron gracias al dedo de Dios, una jugada sobrenatural nunca vista.
Y la he recordado porque en los últimos meses me he convertido en una suerte de tío de la vara de la IA y en todas las conversaciones con amigos y familiares en las que doy la lata con el tema (todavía escuchado con interés aunque sospecho que dejará de ser así si no aflojo un tanto mi empeño) detecto siempre lo mismo en mis interlocutores: un rechazo emocional salvaje acompañado de una negación tan tajante como irracional a la posibilidad de una superinteligencia superior a la humana. “No será para tanto”. “No llegaremos a eso” “Confía en la humanidad, cuñado”.
Aquellos días de marzo de 2016 en Seúl en los que, según Labatut, la inteligencia artificial “destelló por primera vez” (y que están también magníficamente contados en el documental AlphaGo, de Greg Kohs) enfrentaron a uno de los mayores grandes maestros del go de la historia y a una máquina capaz de calcular doscientos millones de posiciones por segundo. Lee Seedol perdió cuatro partidas contra AlphaGo pero logró ganar una, una partida que no podía haber ganado de ninguna manera. Pero lo hizo. En un gesto de pura intuición. Con el dedo de Dios. Y la humanidad respiró.
También creen respirar mis amigos y familiares del “¡No será para tanto!”, o del “¡Yo no perderé mi trabajo!”, o del más altivo “Toda nueva tecnología siempre ha creado más trabajos de los que ha destruido”. ¿Pero qué trabajos va a crear, alma de cántaro? La escritura, el arte, la traducción, el derecho, la consultoría, la medicina, todos son empleos cognitivos y, por lo tanto, su valor acaba de evaporarse en el fuego de la IA generativa, la más poderosa máquina cognitiva creada por el ser humano. Ahora un trabajador junior con IA produce casi lo mismo que un veterano con veinte años de experiencia. Acéptalo, tus décadas de estudio, tu esfuerzo, tu “ojo clínico”... de repente valen CERO. La IA ha democratizado la inteligencia hasta tal punto que ha destruido el valor de la experiencia.
Pero os entiendo. Me dan ganas de salir a la calle y agarrar a la gente por el cuello, de gritarles “¡No os dais cuenta de lo que está ocurriendo!”.
A una de mis mellizas de nueve años le encanta hacer cómics. Dibuja unos cómics de perritos de una expresividad alucinante que me conmueven como pocas cosas, que me alegran la vida. Y cuando ella dibuja, feliz, yo la miro. Y me dan ganas de llorar.




