En el otoño de 1876, William Orton, presidente de Western Union, la empresa de telecomunicaciones más poderosa del planeta, rechazó comprar la patente del teléfono de Alexander Graham Bell por 100.000 dólares. Un comité interno había evaluado el invento y dictaminado que adolecía de demasiadas limitaciones para ser considerado un medio de comunicación serio: “¿Qué utilidad podría tener un juguete eléctrico para esta compañía?” El teléfono distorsionaba la voz, funcionaba mal a distancias largas, requería cable entre dos puntos fijos y, sobre todo, ya existía el telégrafo, que hacía lo mismo pero mejor y en morse. ¿Para qué querría alguien un aparato mediante el cual entiende a duras penas a su interlocutor si puede enviarle un nítido telegrama? Orton evaluó una tecnología de 1876 con los criterios de 1840. Un año después, Bell fundó una compañía que llegaría a valer más que todo Western Union.
La historia lleva siglo y medio repitiéndose con variaciones menores. Alguien con autoridad …



