El último traductor
El tsunami laboral de la IA está a punto de llevarse por delante la traducción humana
Hay noticias que llegan con el estruendo de un edificio que colapsa y otras, más insidiosas, que se filtran por debajo de la puerta como un gas inodoro hasta que es demasiado tarde para abrir la ventana. Lo leía hace unos días en una columna en elDiario.es: “El fin de siècle del mundo editorial ha comenzado en Francia”. Trazaba su autor, Luis Martín, un paralelismo brutal: “El buen Johannes Gutenberg murió arruinado mientras otros —príncipes, banqueros, obispos— entendían mejor que él el poder político de la imprenta y se quedaban con el invento. Cinco siglos después, las editoriales han jugado a ser los nuevos guardianes de la imprenta digital… y la IA está a punto de hacerles un Gutenberg: les quita el monopolio del acceso y les deja el riesgo, la nostalgia y los comunicados de prensa indignados. No es que desaparezca el libro; es que desaparece el privilegio de decidir quién merece llegar a la estantería”.
Y si creen que esto es una distopía lejana, advertía Martín, miren a Francia, porque el futuro ya tiene nombre propio: Harlequin. Según un comunicado de la Association des traducteurs littéraires de France (ATLF) el sello del grupo HarperCollins ha decidido echarse en los brazos mecánicos de la inteligencia artificial. Y así, las decenas de traductores que llevaban años trabajando con la editorial acaban de recibir la noticia de que sus contratos en curso serán los últimos. La mítica editorial romántica no está simplemente “probando” la tecnología, sino desmantelando el oficio a sangre fría: donde antes había un traductor con derechos de autor, ahora imponen la figura del “post-editor”, un eufemismo perverso para designar al humano precario que se limita a limpiar lo que escupe la máquina. No es innovación, es “contabilidad creativa”: la editorial cobra lo mismo por el libro, pero el coste laboral se desploma al sustituir la interpretación intelectual por una corrección cosmética.
Harlequin ha demostrado que, para el mercado, la literatura de género es solo biomasa textual lista para ser procesada por el algoritmo.
¿El fin de Babel?
La espoleta ya la había activado previamente, una vez más, el siempre pionero y fecundo en ardides Amazon con su nuevo servicio para autores autopublicados: Kindle Translate. La premisa es sencilla y demoledora: la traducción automática de libros y su venta inmediata en múltiples idiomas a coste cero. Se acabó la barrera idiomática. Se acabó Babel.
Pero hay algo más. Según el informe The State of Translation Automation 2025, difundido hace unos meses por la consultora Intento, el desfase entre la traducción humana y la automática se ha cerrado prácticamente en la mayoría de los idiomas. El estudio evalúa la traducción asistida por IA analizando 46 motores de traducción neuronal (NMT) y modelos de lenguaje (LLMs) en 11 pares de lenguas.
El desfase entre la traducción humana y la automática se ha cerrado prácticamente en la mayoría de los idiomas.
La investigación no solo mide la precisión técnica, sino que introduce una evaluación más amplia del rendimiento de los sistemas que hasta hace poco eran terreno exclusivo de los traductores profesionales: tono, coherencia, terminología y la adecuación contextual. Las soluciones principales logran puntuaciones pueden igualar o superar la calidad de la traducción humana. O como relataba hace no mucho en esta red el consultor editorial, Bernat Ruiz Domènech, al que ustedes deben seguir sí o sí si les interesan estos asuntos:
“Tengamos en cuenta que la mayoría de los traductores van muy agobiados y no pueden permitirse el lujo de dedicar el tiempo que realmente necesita el libro que les han encargado; que la mayoría de traductores son buenos profesionales pero no son unos genios —cosas de la campana de Gauss, nos pasa a todos— y que, además, la inmensa mayoría de los lectores no es capaz de notar la diferencia. Con esos incentivos, los editores son lo suficientemente educados como para simular que hay un traductor humano por ahí, y las agencias lo bastante inteligentes para mirar hacia otro lado. (…) Cada año llegan a las librerías más libros que no han sido traducidos por un traductor humano —pero han sido adecentados por un humano— que el año anterior, y nadie nota la diferencia”.
Esto confirma mis impresiones. Un importante editor español me confesaba hace no mucho: “¿Que si estamos traduciendo libros con IA? No. Pero sabemos que nuestros traductores SÍ lo están haciendo”. Y yo llevo tiempo traduciendo con IA para uso personal y hoy el resultado es prácticamente perfecto. Es asombroso que hayamos logrado el sueño del traductor universal de Star Trek. Es además trágico que una profesión completa acabe de esfumarse de golpe y para siempre.
El corazón de las tinieblas
Frente al abismo, siempre hay alguien que le devuelve la mirada. Aquí llega, con su habitual brillantez y un espídico optimismo, el escritor, editor e incansable Antonio J. Rodríguez, impulsor de Alighieria.
En su estupendo ensayo publicado el Día de Reyes en su Substack titulado provocadoramente “¿La muerte de la traducción?”, Rodríguez se niega a firmar el certificado de defunción del oficio. Nos relata una escena casi dickensiana: una “célula de ingenieros” en Nochebuena poniendo a prueba un código capaz de traducir El corazón de las tinieblas de Conrad en lo que se cuece un plato de pasta. El resultado, admite, posee una “integridad semántica” y una sensibilidad que cautivaría a oídos no expertos. Sin embargo, al cotejarlo con la exquisita traducción de Miguel Temprano, Rodríguez en Random House encuentra esa “grieta del lenguaje”, ese “tesoro intelectual” de la decisión estética que, según él, sigue siendo terreno vedado para la máquina.
Rodríguez recurre a los Grundrisse de Marx : la distinción entre máquina (que sustituye al obrero) y herramienta (que lo prolonga). Para él, la IA debe ser el martillo del traductor, no su verdugo. “¡De ninguna manera!”.
Mientras Rodríguez busca el “doble cheque” y la seguridad del humano al volante, el informe sobre la traducción que citábamos más arriba anega tal esperanza conciliadora. Soluciones como los flujos de trabajo multi-agente (donde una IA traduce, otra revisa y otra edita el estilo) logran una calidad “casi humana”. Más inquietante aún, en aspectos que creíamos puramente nuestros, como el “tono de voz” o la coherencia terminológica, las máquinas ya rozan la perfección, puntuando por encima de 99 en los tests LQA.
Rodríguez cita el famoso arranque de Conrad sobre el aire oscuro de Gravesend para ilustrar la superioridad de la elección humana (“cielo” vs “aire”). Pero, ¿cuánto vale esa distinción para el mercado? GPT-5.2 o Gemini 3 Pro superan consistentemente a otros modelos y se acercan peligrosamente a la calidad “oro”. Si una IA puede traducir Du côté de chez Swann o la obra inédita de Jean Paul con un grado de acierto que hace dudar al lector medio, la “exquisitez” de la traducción humana corre el riesgo de convertirse en un producto de lujo, una artesanía para nostálgicos, mientras el grueso de la cultura mundial pasa por el filtro algorítmico.
La industria editorial, esa que Amazon está reventando con su botón de “traducir y vender”, no busca herramientas para artesanos; busca la automatización total de la cadena de montaje. La pregunta que Rodríguez lanza al aire —“¿hay futuro para nosotros?”—, ¿tiene una respuesta que logre dar esquinazo a la “desesperanza cósmica” Nick Land? Soy un tipo optimista, ya lo he contado por aquí, pero no puedo dejar de rumiar que una profesión completa, depositaria de una forma única de mirar el mundo, acaba de esfumarse de golpe y para siempre.
Y no me engaño, esto no termina aquí. La traducción era solo el canario en la mina de las humanidades. Si la sensibilidad lingüística, el tono y la interpretación cultural han caído, ¿qué me hace pensar que la escritura creativa, el periodismo o el análisis crítico están a salvo? Es muy probable que después desfilemos los demás.




Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?
Con la tecnología, nunca se sabe. Valoramos el bordado hecho a mano, pero nos vestimos todos los días con ropa que ha sido cortada por un robot. Lo mismo alguien crea una certificación para "escrito sin máquinas".