“No logro persuadirme de que un Dios amoroso y omnipotente pueda haber creado los icneumónidos con la expresa intención de que se alimenten del cuerpo viviente de las orugas, ni de que se haya propuesto que el gato juegue con el ratón”.
Confieso que siempre me incomodó la algarabía cientifista de eso que llaman premios Darwin. Ya saben, cada vez que un turista se cae por un barranco en busca de la selfi perfecta o cuando alguien revienta después de intentar beberse una botella de ginebra de un trago en un reto Tik Tok. “¡Premio Darwin!”, exclaman, como si la selección natural fuera una fuerza benéfica y racional que premiara el buen comportamiento. No es así, la supervivencia del más apto tiene la mayoría de las veces razones que la razón no conoce y sólo persigue una mejor adaptación al medio, no satisfacer la teleología liberal WEIRD.
Naturaleza despiadada
Charles Darwin era perfectamente consciente de la amoralidad intrínseca de la evolución que le llevó a renegar definitivamente de l…



